El cautivo de El Puerto de Santa María

Por Álex Duvauchelle

Lorenzo nació en tierras gaditanas, en medio de praderas de mucho sol y plácidos atardeceres; sobre todo, bajo la sombra generosa de los ficus que abundaban en las dehesas de don Fernando Romero. Creció sano y fuerte, como su padre. Siempre fue de salir a jugar y alejarse solo por los campos, de correr libre y despreocupado; su madre le dedicaba una mirada de reproche cada vez que regresaba de sus aventuras por las serranías, esos ratos en los que no podía seguirle con la vista ni darle su protección. En cualquier caso, ella sabía que el mozuelo estaría bien. ¿Qué podría pasarle por allí? En su cabeza no existía maldad.

Su temperamento era afable, nunca fue agresivo, aunque sus compañeros le atizaban permanentemente. Con los años, se vio forzado a moldear su carácter ante los demás, que lo desafiaban a cada instante; él solo quería jugar y vivir en paz, pero, desde muy temprano debió adaptarse a un entorno hostil. Hubo un momento en el que aprendió, también, a mantenerse apartado del resto, a no necesitar de los otros.

Siendo todavía pequeño, una mañana vinieron unos hombres y se lo llevaron; gritó, dio patadas y lloró todo lo que pudo, pero nadie hizo nada por él. Jamás volvió a saber de sus padres ni de sus hermanos. Pronto comprendió que no fue el único, otros como él habían corrido igual suerte. Lo apartaron de su hogar, de los suyos y de cualquier atisbo de amor; creció sin saber que formaba parte de una cruel planificación, fue seleccionado para un destino del cual no se podía escapar. Supo, por sus compañeros, que se encontraban en una zona aislada y que los reunieron a todos allí con un propósito; fue la primera vez que oyó hablar del «gran día». Sus captores lo alimentaban bien y le daban de beber, no le faltó abrigo bajo un techo ni un camastro para recostarse; al menos no moriría de hambre. Las altas cercas alrededor del caserío hacían imposible la huida, los celadores estaban por todas partes y era imposible cualquier contacto con el mundo exterior.

Muchas veces se preguntó por su familia. ¿Por qué sus padres nunca lo buscaron?

Un día dejó de hacerse preguntas. Pasaron los años y en la soledad de su cautividad forjó su carácter. Conoció el sexo con una compañera, con quien cruzó la mirada apenas un par de veces; normalmente estaban separados unos con otros, aunque a la hora de la comida los reunían a todos en un amplio comedor dentro de la finca, siempre bajo el ojo avizor del vigilante. En raras ocasiones tenían la oportunidad de encontrarse a solas, pero sucedió. Fue al aire libre, la noche calurosa y sin luna les permitió reposar sobre la hierba, se miraron durante un largo rato, mas no se hablaron. No hubo amor, solo instinto y un deseo incontenible por desahogar las pasiones guardadas por mucho tiempo. Nadie les enseñó el arte de amar, la importancia del cariño, de la entrega, de satisfacer tanto como se es satisfecho. Aquel no fue un acto de amor, sino un suceso vacío e incomprensible.


«Siempre fue de salir a jugar y alejarse solo por los campos, de correr libre y despreocupado»

Hace mucho que Lorenzo no añoraba los campos de su niñez, ni a sus compañeros de juego ni el amparo de su hogar; el paso del tiempo se hizo cargo de hacerle olvidar el pasado y ya el peso de su presente era demasiado grande. Su coraje lo ayudó a concentrarse en el momento actual y no en lo que había perdido. Una tarde cualquiera, vinieron a por él y lo separaron de los demás; permaneció aislado en una celda, estuvo encerrado varios días. Oyó hablar entre las rejas a dos celadores que hablaban de él.

—¿Tú crees que éste será el próximo? —inquirió uno de ellos.

La pregunta quedó suspendida en el aire, no pudo oír nada más. Lorenzo se quedó pensando, trataba de recomponer su vida y, sobre todo, los acontecimientos de los últimos días.

—¿Por qué? —se preguntaba.

No tuvo que esperar demasiado para saberlo.

—¡Llegó el gran día! —desde el fondo del pasillo, el grito de un celador lo despertó.

Era aún de madrugada; lo ataron y le llevaron sobre un camión que esperaba en la puerta. Llevaba una larga temporada sin ver la luz ni sentir el aroma de las flores y del campo; no fue sino una vez que estuvo montado en el vehículo cuando pudo ver que no era el único. Otro como él fue embarcado ahí; se miraron, aunque no intercambiaron ni media palabra. Cerró los ojos; en el fondo, ambos compartían la misma incertidumbre. Más tarde, tan pronto Lorenzo bajó del camión, perdió de vista a su ocasional compañero de viaje. Debía ser verano, pues el calor ya era insoportable a esa hora. Volvió a ser encerrado, solo que ahora su celda era un habitáculo de hormigón, un cuarto con paredes despintadas y muy altas, distinto a lo que había visto antes, habituado a calabozos de madera y paja, donde al menos podía percibir la proximidad del campo y la naturaleza. Pero aquí era diferente, ni una suave brisa, ni un solo aroma de campo. Intuyó que estaba en la ciudad. El ruido también era distinto, el cantar de los grillos y los pájaros fue reemplazado por un bullicio de muchedumbre; oía cientos —o tal vez miles— de voces hablando al mismo tiempo, se respiraba cierta tensión en el ambiente.

Los gritos en el pasillo lo pusieron nuevamente en alerta. Lo supo enseguida, venían a por él.

Las fanfarrias lo confundieron, aquello parecía una fiesta. El edificio circular, las vallas y todo el mundo alrededor parecía formar parte de un espectáculo. La luz del sol le dio directo al rostro, tardó varios segundos en poder abrir los ojos y recobrar la visión. Dos hombres lo atizaban para avanzar, hasta que se vio encerrado entre dos grandes portales; el sonido del cerrojo tras él, le hizo pensar que ya no habría vuelta atrás, quizás alguien debió temer que quisiera volverse, pero no tenía ninguna intención de regresar a su celda. Pensaba en ello, cuando el pesado portal de enfrente se abrió de par en par. Aquel era el «gran día».

Lo primero que vio fue a un grupo de hombres disfrazados con trajes —como bufones—, que deambulaban por la superficie de arena. Otros, montados sobre unos caballos, aguardaban también su turno para entrar en escena; alguien le aguijoneó por la espalda, por lo que de forma instintiva salió corriendo hasta el centro de la plaza. Entonces, advirtió manchas de sangre repartidas por el suelo y, a continuación, alzó la vista por primera vez. Mucha gente estaba congregada a su alrededor, todos le veían expectantes. No supo cómo, ni cuándo, se transformó él mismo en la principal atracción.

Uno de los bufones, un caricato enclenque que lucía un gorro, una malla brillante y bailarinas se acercó con mirada sarcástica. Lorenzo rio al verle.

—¡Lo siento! —dijo en voz baja, conteniendo la risa—. No puedo evitar divertirme.

Por fortuna, nadie advirtió su hilaridad ni oyó su comentario. Estaban absortos y ya nadie parecía prestarle atención a él. Ahora la gente se fundía en aplausos, puesta en pie, hacia el personaje que tenía enfrente. Desafiando toda lógica, la danza recién comenzó cuando hubo acabado la música. La tensión pareció apoderarse del lugar; luego, el silencio fue sepulcral. Lorenzo no comprendió cómo se podía pasar, así de pronto, de la euforia al mutismo.

El hombre movía un capote y apenas lo vio en esa postura, recordó en el acto todas las cosas que le habían enseñado durante su encierro; recordó las tardes interminables en que le atacaban sin descanso, lo azuzaban y le adoctrinaban para defenderse con vehemencia. Lo volvieron irascible y hasta peligroso. La violencia también se aprende, él no la traía consigo, se volvió indómito a fuerza de los golpes y la reiteración; no existía otro modo de sobrevivir. En cautividad le aleccionaron para seguir el movimiento del capote y no hizo más que repetir lo aprendido.

Mientras su contrincante le perseguía por el ruedo, la música volvía a sonar; los gritos de la muchedumbre iban y venían a cada giro que este daba. De pronto, aparecieron otros con capotes y todo para Lorenzo era confusión. Vino un hombre sobre un caballo con una lanza muy larga; le llamaban «el picador». Sin saber por qué, le clavó su vara sobre el cuello y le mantuvo sujeto varios segundos. Se resistía e intentaba no quejarse, pero lejos de acudir alguien en su auxilio, la gente no hacía más que mirarlo, sin expresión en sus rostros; no brotó la compasión que hubiese esperado.

—¿Por qué no venís? —pensaba en voz alta.

El hombre del caballo le dejó en paz, pero enseguida se vio de nuevo frente a los otros que estaban esperándole. Salió tras uno de ellos y, sin darse cuenta, apareció uno con dos banderillas que le clavó, a traición, sobre el lomo. Se dolió, mas no quiso demostrar reacción. No quería que nadie pensara que era débil o vulnerable. Era el momento de demostrar su fiereza, jamás se dejaría amedrentar por estos fanfarrones de traje brillante. Un segundo par de banderillas, esta vez, le hizo más daño. Nadie atendería a sus gritos ni vendría a ayudarle. Supo entonces que era una batalla a muerte, tuvo la comprensión tácita de un duelo en el que solo uno iba a salir con vida. Dos veces, dos más todavía, tuvo que soportar los rehiletes sobre su espalda. Comenzaba a sangrar, siguió persiguiendo el capote; ahora buscaba al hombre, el que resultó ser bastante esquivo, una y otra vez conseguía evitarle, rozó su cuerpo, aunque nunca lo llegó a alcanzar.

Lorenzo empezaba a perder los nervios; los aplausos y las fanfarrias se sucedían y explotaban en sus oídos cada cierto tiempo. Llevaba un día sin probar bocado y tenía mucha sed, el cansancio se hizo presente y conforme pasaban los minutos, aumentaba también su incomprensión. El final de la tarde estaba próximo; lo supo cuando vio al hombre vestido de bufón que se cuadraba con una larga espada frente a él. Se decidió a coger impulso e irse contra él, quería que lo dejara en paz y pensó que no sería mala idea empujarlo y buscar pronto una salida de allí, estaba seguro de que debía existir alguna puerta. Pero entonces ocurrió, el hombre del traje le clavó su espada por el lomo. Fue la estocada que más dolió. La gente parecía eufórica.

Veinte segundos, eso fue lo que Lorenzo pudo sostenerse en pie. Lo intentó, pero no fue capaz. Al caer al suelo, los aplausos inundaron el lugar para aclamar al «artista».

—¿Arte? —se preguntó, en mitad del charco que absorbía la arena seca.

Perdió la conciencia entre el resonar de los vítores, su cabeza regresaba a los pastos en los que fue criado y al sabor de la hierba fresca por las mañanas. Ya no sentía dolor, ahora solo un frío repentino inundaba su cuerpo.


Constelación de Tauro, el toro

—¡Tú eres especial, hijo mío! —le dijo una vez su madre con la mirada.

Aquella noche, cuando todo el mundo dormía y no quedaban testigos por las calles, una pequeña grúa levantaba sus cuatrocientos kilos del pavimento resbaladizo, rumbo a un contenedor ya repleto; su pelaje negro se confundía entre la sangre abundante, ya reseca, que teñía su cuerpo. Para ellos, Lorenzo fue solo uno más de tantos.

Y así fue como la crueldad de su muerte… se quedaría, como siempre, sin castigo.

20 comentarios de “El cautivo de El Puerto de Santa María

  1. Maria eugenia dice:

    Excelente !!! Relato
    leer como un Lorenzo de significado valiente y ganador es formado en su vida o mejor dicho cultivado para el gran día ! Que si bien es aterrador, te muestra como la quietud del ser deja que decidan por el
    Lo mismo que hacemos nosotros con nuestras vidas muchas veces .
    Éxito alex

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias María Eugenia, de alguna manera la «humanización» del personaje de Lorenzo, nos lleva a la perspectiva de que el animal es un ser que piensa y siente. Al mismo tiempo, nos pone en evidencia de que actúa en función de lo que hicieron de él, es decir, de aquello que aprendió por imposición, porque no se le «enseñó» otra cosa. Gracias por tu comentario!!

  2. Bernie Juliet Linoge St'Marie dice:

    Nunca he podido comprender que la crueldad se transforme en un espectáculo. Mi mayor esperanza es que las Fiestas Taurinas se prohíban en toda España, es lo lógico en un país que se supone es del «primer mundo»
    No hay nada que me duela más que la crueldad hacia los animales… Ellos sólo matan por hambre… El ser humano mata por diversión.
    Espero que el karma exista.
    Felicidades por tu relato. Ojalá ayude a mucha gente a tomar consciencia.

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias Bernie por participar en este blog con tu comentario. En efecto, son muchas las voces en España que abogan por el fin de la tradición taurina; desgraciadamente hay una parte de nuestra población que defiende esta práctica y desgraciadamente esa misma gente está en los círculos del poder y del dinero, aquel que bloquea toda posibilidad de que las cosas cambien… al menos a corto plazo.
      Este relato recoge la voz disidente, pero no es suficiente para conseguir cambios. Debemos seguir la lucha por el fin al maltrato animal, transmitiendo a nuestros hijos y a las generaciones siguientes nuestros valores. Paso a paso, estoy seguro que lo conseguiremos algún día!!

  3. Ana dice:

    Te felicito por tu relato. Por la fuerza de su ritmo, por la intriga en la trama que engancha hasta llevarte al ruedo, donde ya presa de la identificación con la víctima, te entregas al espectáculo sangriento, como lo hicieron tantos en los circos romanos.
    Lo único que quitaría es la fotografía que lo acompaña. Tal como está escrito hace pensar que habla de una persona, por lo que el sacrificio convertido en espectáculo es más accesible para los que tengan problemas en entender que la crueldad siempre lo es caiga sobre quien caiga.
    Muchas gracias por tu relato.

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias, Ana!! Me hace muy feliz sentir que la idea del relato ha sido comprendida por todas las personas que se dieron un tiempo para leerlo.
      El uso de las imágenes corresponde a las personas que administran este rol, en este caso mi aportación ha sido únicamente el relato. Considero muy válida tu sugerencia de quitar al toro como imagen principal, sobre todo porque su «humanización» dentro de la historia, es precisamente la que facilita la empatía hacia lo que debe padecer y su cruel destino.
      Lo comentaremos… y gracias de nuevo!!

  4. Eugenia dice:

    Me gusta mucho el relato , la descripción y el ritmo y la fuerza que tiene , me he quedado con esa tristeza de la injusta crueldad disfrazada del nombre que se le quiera dar .
    Enhorabuena !!

    • Álex Duvauchelle dice:

      Genial, Eugenia!! Gracias por comentar y apreciar este relato. En efecto, lo que se ha venido a llamar»fiesta taurina» no es otra cosa que un espectáculo macabro. Una vez vi unas imágenes que me impresionaron mucho, se trataba de unos toros (llamados de lidia), pero que se habían criado y domesticado de manera similar a como hacemos hoy con los perros, por ejemplo. Los toros jugaban con un balón de fútbol y corrían, recibían y aceptaban el cariño como una mascota más de casa. Es decir, hay suficiente evidencia de que los animales sienten todo lo que ocurre, lo que hace aún más necesario visibilizar la crueldad a la que son sometidos.
      Un saludo fraterno.

  5. Laura Hurtado Coltters dice:

    Nunca he podido entender que la muerte de un animal de una forma tan cruel sea vista como arte. Muy buen relato con un sin fin de detalles que nos hace pensar que todo en esta vida comienza en una familia. Ojalá se pueda cambiar el destino de estos seres vivos. Felicitaciones Álex, un gran aporte para la literatura. Me encantó tu relato. Éxito!

    • Álex Duvauchelle dice:

      Así es, mi querida Laura, espero que las legislaciones de los países donde se considera «fiesta»a este tipo de espectáculos, se modifique en los próximos años. Por desgracia, las corridas de toro en España están vinculadas a círculos políticos y empresariales muy potentes, lo que hace complicado cambiar las cosas. De ahí la importancia de hacer visible este discurso y transmitir a nuestros hijos el valor del buen trato a los animales. Un día lo conseguiremos!!
      Gracias por tu comentario!!

  6. Zunilda Berrios dice:

    Muy bello, relato emocionante por que desde el primer momento senti diversos sentimiento!emocion al imaginarme.que era un niño,rabia cuando me doy cuenta que es un bello y noble animal con sentimientos .Tristeza por la ignoble final de una criatura criada solo para eliminare en ese cruel juego que llaman arte .señor .Duvauchelle toda mi admiración.

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias Zunilda, estamos completamente de acuerdo!! Debemos seguir siendo la voz discordante, me alegra mucho que este relato ayude a visibilizar el sufrimiento animal, aunque debemos seguir luchando, cambiar las legislaciones de los países que permiten esta tradición es una tarea casi imposible… pero la también conciencia humana y social es cada vez mayor. Creo que hay esperanza!!

  7. Geral Aci dice:

    Si en el mundo los escritores y poetas fueran mayoría, habría menos violencia, menos armas, menos huérfanos y viudas. Entonces las Plazas donde linchan animales no existirían. Todos seríamos civilizados y tú relato no existiría. Pero es un ejemplo de decir NO a la violencia venga de donde venga. Gracias Alex. Gracias por hacerme ver como el asesinato de un animal, muchos lo celebran como una fiesta inolvidable. Nunca he estado en una Plaza y espero nunca estarlo. Pero por favor sigue despertando nos. Hacen falta más hombres tres como tú.

    • Álex Duvauchelle dice:

      Qué bello comentario!! Gracias a ti por tus palabras y por el espíritu que promueves, justamente necesitamos a mucha gente que coincida en esta causa. El lobby empresarial y político es muy fuerte, lo que hace muy difícil cambiar la legislación. No obstante, tenemos que seguir ganando espacios y alzando la voz para que la defensa del maltrato animal se haga universal; lo mismo ocurre con la violencia humana en todas sus formas, partiendo desde nosotros mismos y en nuestro entorno. Todo suma!!

  8. Nelson Gaete dice:

    Que más se puede decir … notable….me hizo recordar …. Depuis le temps que je patiente dans cette chambre noir….🎶
    Un abrazo 🤗

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias!! En efecto, la canción de Francis Cabrel me impactó desde el primer día que la oí. Al igual que lo hace la canción «La Corrida», el hecho de «humanizar» la vivencia del toro, nos abre a una perspectiva diferente a la hora de observar el espectáculo taurino. Allí, nadie tiene en cuenta la crueldad hacia el animal, de ahí la importancia de visualizar su sufrimiento.

  9. Jorge dice:

    Se puede sentir la angustia del personaje cuando entra a la arena, la impotencia de no poder hacer nada y la tristeza de que nadie haga nada por él. Me gustó mucho leerlo, nos abre el debate sobre lo que algunos entienden por arte y otros por matanza y crueldad. Sea como fuese, un increíble relato que vale la pena leer y releer para dimensionar el alcance de la miseria que puede provocar el ser humano.

    • Álex Duvauchelle dice:

      Gracias, Jorge, bello comentario!! Debemos alzar la voz para que esta clase de espectáculos muy pronto se terminen y cualquier espacio es válido para visualizar el debate. Un abrazote!!

  10. Gisela Castillo Duvauchelle dice:

    Enhorabuena hermanito, excelente el relato, aunque el final es una triste realidad. Tienes talento. Me encantó

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